Caza y pesca deportivas: de la supervivencia a la muerte por diversión -ADDA Euskadi

ADDAREVISTA 9

Se calcula que cada año mueren en nuestro país no menos de 30 millones de anima­les a manos de cazadores y pescadores, debidamente legalizados para ello por la Admi­nistración. Lo que en otra época suponía un ejercicio de pura supervivencia, se ha con­vertido en la segunda mitad de este siglo en una masacre sin sentido. La caza y la pesca deportivas son muy fuertemente cuestionadas por amplios sectores sociales, que se em­piezan a plantear el hecho desde un punto de vista no ya sólo medioambiental, sino éti­co.

En sentido genérico, cazar (o pes­car si la víctima es una especie acuá­tica) es la acción de capturar ani­males, casi siempre con resultado de muerte. En cuanto a la alimentación, los animales los dividimos, a grandes rasgos, en carnívoros y herbívoros, sin que ello deba tomarse como un concepto absoluto, pues existen es­pecies que compaginan ambos tipos de alimentación. Prácticamente to­dos los grandes grupos de anima­les tienen un importante número de especies eminentemente cazadores. Muchos anfibios, insectos, mamíferos o aves, viven a costa de la muerte que inflingen a otros anima­les. Este hecho es, en realidad, uno de los principios fundamentales en ecología: la famosa pirámide don­de el mirlo que captura insectos es a su vez capturado por la garduña. El equilibrio natural en acción.

Intimamente ligada a la caza está, a nuestro entender, la pesca. Lamentablemente, los esfuerzos de los movimientos ecologistas contra la caza se han dirigido hacia la cap­tura de animales terrestres, habién­dose realizado muy poca lucha con­tra la caza de animales acuáticos o pesca. Indudablemente los mismos razonamientos contra la caza son aplicables a la pesca, que atenta de la misma forma contra la vida sil­vestre y los derechos de los anima­les. En este tema, como en tantos otros, pecamos de antropocentris-mo, pues nos conmovemos por el sufrimiento que inflingimos a ani­males que por sus características nos caen simpáticos, como aves, co­nejos, cervatillos, pero nos olvida­mos de muchos otros seres que nos resultan más lejanos afectivamente.

BREVE HISTORIA DE LA CAZA

Está muy extendida la creencia de que el hombre «siempre ha caza­do». Este es uno de los argumen­tos más frecuentemente esgrimidos por los cazadores para defender su actividad. Sin embargo, los cono­cimientos que hoy tenemos sobre nuestra historia evolutiva, no nos permiten aseverar esto. De hecho, el ser humano es el único primate car­nívoro, aunque varios otros, espo­rádicamente, incluyan en sus dietas a pequeños animales que logran capturar. Todo lleva a indicar que el régimen alimenticio originario y natural del hombre es básicamente vegetariano-frugívoro, si bien en un momento no bien precisado comen­zamos a consumir más carne.

Los primeros útiles de piedra fa­bricados por el hombre primitivo datan de hace 2,5 millones de años y se han encontrado en Africa mez­clados con huesos de animales como hipopótamos, núes, cerdos, gacelas y jirafas. Los científicos sos­pechan que estos instrumentos sir­vieron para despedazar aquellos ali­mentos, pero es muy poco proba­ble que tan toscos y rudimentarios utensilios sirvieran para maar a tan grandes y poderosos animales. Se­guramente fueron hallados muertos y nuestros antepasados no desapro­vecharon esta magnífica fuente de alimento. Llegó un momento en que los ho­mínidos primitivos no se conforma­ron con aprovechar la carroña y aprendieron a matar grandes ani­males. Esto no fue antes de 500.000 años, que es cuando aparecen prue­bas inequívocas de verdaderas ca­cerías. Poco a poco la caza fue to­mando mayor importancia pero, desde luego, su significación tem­poral en la historia evolutiva del hombre es bastante pequeña.

La caza alcanza su máximo cuan­do aprendimos a fabricar instru­mentos precisos y ligeros, que po­dían herir y matar a distancia ani­males más fuertes y rápidos que nosotros. Esto ocurría hace «rela­tivamente poco tiempo», unos 30.000 años. Después, a partir de hace 10.000 años, el desarrollo de la agricultura y de la ganadería fue desplazando a la caza de su papel primordial en la alimentación hu­mana. Con una visión del mundo in­fluenciada por las actuales formas de vida, los primeros antropólogos concedieron excesiva importancia a la caza como fenómeno causante de la diferenciación humana. De he­cho, la caza es algo inseguro, dema­siado azaroso como para confiar a ella la subsistencia, aunque su apor­tación es cualitativamente muy im­portante.

Aunque las ideas que hemos re­cibido y nuestra vanidad y afán de vanagloria nos inciten a imaginar a nuestros antecesores enfrentándose a poderosos animales ejerciendo el papel superior del cazador, la rea­lidad y la sensatez nos obligan a revisar esta concepción y aceptar que seguramente sólo hayamos sido cazadores durante la última octava parte de nuestra historia evolutiva. La ganadería y la agricultura son un fenómeno reciente en esta histo­ria. La organización social cambia en función de una riqueza que aho­ra es «almacenable» y, por tanto, la hace segura. Aparece por primera vez el «estado de bienestar» y aún de opulencia. El ocio que esta nue­va realidad genera, se cubre, entre otras actividades, con la caza por diversión.

Indudablemente, la caza depor­tiva ha tenido desde su origen una fuerte implicación social. De hecho, cabe hacer una importante diferen­cia entre lo que se ha dado en lla­mar caza «menor» y «mayor». La primera, necesariamente más popu­lar, se ha mantenido a lo largo de la historia como una actividad com­plementaria en poblaciones rurales y estaba originada en unas necesi­dades verdaderas. La segunda supone un salto cualitativo. A partir de la Edad Media comienza a ser prac­ticada por el pequeño círculo que formaban los más altos estamentos sociales. La caza mayor, la caza «noble» por excelencia, se consti­tuyó en una actividad de pura di­versión, ligado a estratos reales. De esta época datan, no en vano, nu­merosas reservas de caza, algunas de las cuales se han mantenido has­ta nuestros días. Este tipo de caza ha estado siempre ligada al poder político y financiero, aunque éste haya pasado de reyes a banqueros.

A mediados del presente siglo tie­ne lugar lo que podríamos denomi­nar la «democratización» de la caza, con un hecho clave que con­viene no perder de vista: los caza­dores no provienen ahora del me­dio rural ni de la cúpula social, sino de la clase media urbana, compues­ta por personas absolutamente ale­jadas de la Naturaleza, sin lazos sentimentales con ella y, lo que es peor, con tendencia a malinterpre-tar su valor. La caza se masifica.

CAZA Y PESCA: ¿NECESIDAD O DIVERSIÓN?

Al abordar el tema de la caza, es importante realizar una importan­te matización. Es preciso diferenciar claramente esa actividad destinada a la supervivencia y aquella otra que constituye una actividad recreativa. Nadie puede estar en contra de una actividad que es fuente de vida. La captura y muerte de animales para el alimento es un hecho natu­ral practicado por muchas especies de carnívoros, así como por muchos pueblos aborígenes. Aún más, la caza y la pesca, como hemos visto, tuvieron gran trascendencia en cier­tas fases de la prehistoria. Induda­blemente, la muerte nunca es algo agradable —todo lo contrario, re­sulta traumática y cruel—, pero en la Naturaleza la vida y la muerte juegan estrechamente cogidas de la mano, y ahí poca cabida tienen los sentimientos de piedad y la sensi­bilidad de los humanos. El otro tipo de caza es aquella li­gada al tiempo de ocio. Es aquí donde llegan las discrepancias y los enfrentamientos entre defensores y detractores. Esta es, obviamente, el tipo de caza y de pesca que aquí queremos tratar y contra la que nos posicionamos decididamente.

Por diferentes motivos ecologistas y defensores de los derechos de los animales, encontramos que la caza y la pesca deportivas son injustifica­bles, innecesarias y dañinas. Claro está que los cazadores siempre sa­can la excusa de que se comen lo ca­zado, pero en la caza y pesca depor­tivas la motivación nunca es la ali­mentación, sino la obtención de trofeos. La caza deportiva es la degene­ración de la caza, la cual pasa de es­tar al servicio de mantener la vida de animales y personas a ser una re­pugnante actividad que difícilmente encuentra justificación ética. Hoy, en nuestra sociedad moderna, los cazadores se han convertido en los heraldos de la muerte. Suele oirse que ellos son los continuadores de la tradición cazadora del hombre, aunque suelen olvidarse de lo que significa la caza: azar, lucha equilibrada, esfuerzo y riesgo, un ries­go que puede acabar con la muerte del cazador. También solemospa­sar por alto el hecho tan importan­te en la Naturaleza de que el caza­dor también puede convertirse en presa, algo inconcebible en la actua­lidad. Además, el argumento que a veces se esgrime, aduciendo que la caza es un enfrentamiento de igual a igual, con un animal que tiene oportunidades de defenderse no es muy válido. ¡Qué oportunidad tie­nen el pez hambriento de escapar del anzuelo del pescador? ¿De qué forma se librarán los ciervos empu­jados hacia la emboscada que les tienen tendida los tiradores.

DEL ARTE Y LA TRADICIÓN DE LA CAZA

Oímos en ocasiones que cazar es tradición. También se oye decir que es arte. Son pretextos que a quienes nos preocupamos por el bienestar animal nos resultan familiares en re­lación con otros actos que, en vez de enorgullecemos, deberían aver­gonzarnos. Disfrazar de estética la crueldad parece un recurso muy so­corrido (no olvidemos que también existe el denominado «arte de la guerra» o el «arte de la tauroma­quia»). Es difícil ver dónde radica la estética de la destrucción de la be­lleza natural de un ave, un conejo, una trucha, de llenar de cartuchos el campo o de romper el rumor del viento y el canto de los pájaros con el estampido de la pólvora. Segura­mente es cuestión de sensibilidades. Pero mejor sería atreverse a decir ue es cuestión de falta de sensibi­lidad. Porque algo tiene que faltarle a quien no le basta con la belleza natural de un paisaje, el coqueteo aéreo de unas mariposas, el aroma de un pinar, la formidable brama del ciervo, o todos esos roedores que pueden ser cazados con los sentidos en nuestros campos. Mucho nos tememos que la úni­ca tradición de la que los cazado­res son continuadores es la del afán, primitivo y ancestral, de matar, sin saber muy bien por qué. Es el afán de apretar el gatillo, de sentirse dueños de la vida y de la muerte, las ga­nas de sentirse diosecillos... y de dar rienda suelta a nuestra agresividad. En este sentido, la caza está más cerca del tiro al pichón que de esta actividad primigenia destinada a la supervivencia. Son impulsos que deberían ser sublimados, pues hoy no tienen cabida. Y que no digan que eso es difícil. También pelear es otro instinto atávico que hoy —y aunque tengamos por ahí la lacra del boxeo— se ha transformado en algo inofensivo como la lucha olímpica.

Hay ejemplos que ilustran esto. Por ejemplo, la caza de tordos y zorzales, en ciertas comarcas de Castellón, era una actividad tan tra­dicional como necesaria para sobre­vivir. Antiguamente la realizaban unas pocas personas mediante reclamo con aves vivas y suponían un importante suplemento nutritivo para muchas familias. Pero hoy se ha masificado bajo el pretexto de la ocupación del ocio y el lucro, pues estas aves son servidas como tapas en los bares de la región. Los uten­silios se han perfeccionado, pero los cazadores son más torpes que los de antaño y provocan la muerte a otras aves insectívoras y la masacre de muchos miles de zorzales. Incluso se ha convertido en algo chabaca­no, pues en vez de reclamos vivos se usan cintas que hacen funcionar en las radio-cassettes de los coches. Algo que en añadidura debería preocuparnos de quienes, practican­do el deporte de la caza y la pesca, gozan de la belleza de cobrarse unos animales, es que estos señores im­piden al resto de los humanos dis­frutar de esa belleza. Quien practica el montañismo deja en su sitio los arroyos, los bosques y las cum­bres para el que vive por detrás. Los que juegan al tenis no destrozan la pista, la pelota ni las raquetas, im­posibilitando que otros gocen de este deporte, dándose incluso la cir­cunstancia de que ofrecen la opor­tunidad de disfrutar de un buen es­pectáculo. La caza y la pesca no son así, porque en su esencia está el des­truir y acabar con lo que es el mo­tivo y objeto de la actividad depor­tiva. Es un deporte egoísta, cuyo ejercicio supone además peligro y molestia para otras personas que también tienen el derecho de re­crearse en el campo.

El fin último de todo deporte es realizar un ejercicio físico. Pero, sal­vo excepciones y con la experiencia que se tiene de observar cazadores en el campo, uno llega a la conclu­sión de que los únicos que hacen ejercicio son las presas y el perro. En el mejor de los casos, el caza­dor camina por los barbechos por el monte bajo, pero no nos dejemos asombrar por sus hazañas, ya que cualquier excursionista puede empequeñecerlas. ¡Y qué contar de la frenética actividad desarrollada por un pescador...!

Debido a la proliferación de pis­tas y vehículos todo-terreno, la ma­yoría de las veces la caza es un deambular montado en coche de un sitio a otro. Incluso para la caza de palomas que debe realizarse en pa­sos altos de montaña y aislados de poblaciones, el acceso se realiza en coches, eliminando a sí la caminata que implicaría llegar a los puestos. La desfachatez llega al máxmo en el caso de los que esperan las piezas levantadas o empujadas por batidores. Es cuando la caza se convierte en tiro al plato.

IMPLICACIONES SOCIALES DE LA CAZA

El millón y cuarto largo de caza­dores con licencia que tiene este país dan muerte a unos 30 millones de animales cada temporada. Pero, cu­riosamente, la medida real no son las dos docenas de piezas por cabe­za que aparecen en la calculadora. La razón es muy simple. Un selec­to y reducido grupo de personas ha­brá abatido cientos o miles de ani­males cada uno. Este dato resulta muy orientativo a la hora de hablar de las implicaciones sociales de la caza. A grandes rasgos, y desde un punto de vista legal, se podría di­vidir a los cazadores entre los que están «en regla» y los furtivos, sien­do posible diferenciar varios tipos dentro de cada clase. Los cazado­res furtivos, generalmente pobres y ligados a zonas rurales, están abso­lutamente integrados en el medio que habitan y se les puede y debe considerar unos depredadores más. Con toda seguridad, necesitan los animales que matan para comer. Existen, sin embargo, otros furtivos que van directamente a por las especies de alto valor, que luego ven­derán en el mercado negro. Son contratados, en algunas ocasiones, por personas de alto «status» social. Llama la atención que los cazado­res furtivos son personas persegui­das por la ley con demasiado em­peño a veces y con demasiada apa­tía en otros casos.

Entre los cazadores que poseen el permiso correspondiente, existen los llamados «de fin de semana», sin más aspiraciones que disparár tiros, cobrar una pieza y regresar a casa satisfechos. Por otra parte, te­nemos a los cazadores «de alto standing» que, dominados por su pa­sión de matar, organizan cacerías, auténticas masacres que aprove­chan, además, para invitar a personalidades con las que harán contac­tos y cerrarán tratos y negocios que les proporcionarán pingües benefi­cios.

En otro sentido, cabe destacar los fuertes pilares económicos que sus­tentan la caza deportiva y que no dudan en recurrir a la imagen y a la publicidad para perpetuar su ne­gocio. Ultimamente tenemos oca­sión de comprobar cómo en los suplementos de fin de semana de co­nocidos diarios se describe la forma de cazar «a la moda» o «con esti­lo»: prendas de vestir dignas de la mejor boutique, guantes, armas, pe­tacas y mil y un cachivaches más... nunca al alcance de cualquier bol­sillo, por cierto. Abundan, así mis­mo, al levantarse la veda, las suges­tivas recetas con piezas de caza en las páginas destinadas a la gastro­nomía. Existe otra moda, también en alza, aunque esta vez para «ague­rridos aventureros».Es la de los via­jes a países exóticos con el fin de dar muerte a animales. Con todo esto se observa de forma clara que nuestra sociedad consumista también usa la caza y la pesca como elemento social diferenciador. Por último, se debe llamar la atención sobre la escasez de muje­res —en comparación— que prac­tican esta actividad. Tal vez se deba a un sustrato de machismo o, segu­ramente, a una mayor sensibilidad de las mujeres, que, afortunada­mente, no parecen disfrutar matan­do.

EL EXAMEN DEL CAZADOR

Un ejemplo claro del poco amor y del desprecio que sienten los ca­zadores por el medio ambiente y por los animales lo tenemos en el ya conocido «Examen del Caza­dor», implantado en la Comunidad Autónoma Vasca y que al parecer otras comunidades —Aragón, Ba­leares, Cantabria, Castilla-La Man­cha, Galicia, La Rioja, Madrid, Na­varra y la Comunidad Valenciana— van a apoyar y utilizar. El Gobierno Vasco ha sido pio­nero en todo el Estado en obligar a los potenciales cazadores a exami­narse para conseguir su licencia. Se­gún el Decreto que regula el exa­men, en su primera convocatoria, debían hacerlo los aficionados que deseaban obtener licencia por pri­mera vez; los que no hubieran re­novado su licencia en los últimos 5 años y los que la obtuvieron en 1990, condicionada al aprobado del exámen. En el País Vasco hay con­cedidas 65.000 licencias; en 1990 se dieron 3.000, pendientes del resul­tado del examen. En consecuencia, 62.000 aficionados a la caza podrán seguir con su actividad sin que se hayan comprobado de ningún modo su aptitud y sus conocimien­tos para el «deporte» cinegético. Es lamentable constatar, una vez más, la falta de interés de la administración por tomar medidas serias para controlar esta actividad de forma efectiva.

Se ha editado un libro, «Texto base para el examen del cazador» que recoge 500 preguntas entre las cuales habrán de seleccionarse las 21 que entren en el examen. Los temas que se tratan en la publicación son: armamento y normas de seguridad (90 preguntas); biología de las especies cinegéticas (130); legislación general (185); ética y comportamiento del cazador (45 pregunta! ¡sólo!) y 50 cuestiones específicas di la comunidad autónoma sobre el conocimiento de especies. El libro pretende fomentar la dimensión ética de la caza, desde un punto de vista ecológico y de respecto al medio ambiente. Sin embargo, una simple suma indica que las preguntas relativas a armamento, normas y leyes superan con creces a las relativas a la ética y la naturaleza. Otro fallo que notamos en el libro es que hace una detallada descripción, col pelos y señales, de las 47 especia cinegéticas, mientras que la información sobre las especies protegidas es muy general y hecha como de pasada. . No parece haber una voluntad clara de evitar confusiones entre las diversas especies, protegidas o no. Los cazadores han mostrado reiteradamente y por todos los medios a su alcance su oposición con la inestimable ayuda de los medios de comunicación.

El tono base no les ha gustado, en su opinión, fue redactado por personas que no entienden el espíritu de la caza y que no han contado con su opinión. Consideran el examen como una amenaza y como una prueba más para suprimir su acti­vidad y creen que «a cazar se apren­de cazando»; cuanto más se caza —dicen— mejor se entiende lo que conlleva ese deporte, y eso en los li­bros no se puede enseñar. No han mostrado, pues, ningún interés por formarse, por conocer la ética y la normativa que les afecta ni las es­pecies que pueblan nuestro país. ¿Dónde está su amor por la natu­raleza?

IMPLICACIONES ÉTICAS. CAZA Y DERECHOS DE LOS ANIMALES

Detrás de todo deporte está el ánimo competitivo. Mejorar mar­cas, vencer al contrario, obtener tro­feos, son las metas de cualquier de­portista. En aquellos deportes en que se exige un enfrentamiento en­tre adversarios, quienes toman parte lo hacen de forma voluntaria e in­teresada y, salvo leves diferencias, la competición es de igual a igual. Esta es una de las premisas fun­damentales del deporte. Pero falta en la caza y la pesca deportivas. En primer lugar, ni la presa ni el perro del cazador han elegido jugar ese papel. En segundo lugar, el perde­dor siempre es el mismo. Además, en el caso de que consideran que el cazador pierde cuando falla el tiro o cuando no pique el pez, hay que recapacitar sobre qué es lo que cada uno, presa o cazador, pierde. Si el cazador gana, la presa pierde lo más valioso: su vida. Pero si el que fa­lla es el cazador, no perderá más que una oportunidad que se puede traducir en un cartucho de perdigo­nes. Ese balance no es justo.

Ya que nuestras actuaciones in­fluyen tanto en otros seres y que, tal y como alardeamos, somos los «únicos» seres conscientes y posee­dores del sentido ético de las cosas, deberíamos acostumbrarnos a refle­xionar y valorar las implicaciones morales de nuestro comportamien­to. En el caso de la caza, es patente la falta de una consideración ética con respecto a los animales. No los consideramos seres sensibles, dota­dos de vida, sino más bien como meros objetos que, en este caso, pueden ser tiroteados sin remordimientos de conciencia. En este sentido, los defensores de los derechos de los animales llega­mos más allá que los ecologistas. Estos se preocupan porque los ca­zadores pueden afectar a las espe­cies protegidas, envenenar el medio ambiente con sus perdigones de plo­mo y contaminar acústicamente el campo. Sin embargo, no entienden un aspecto más profundo que, a nuestro parecer, es la raíz del pro­blema ecológico que plantea la caza: la caza y la pesca deportivas son un atentado contra los derechos más elementales de un ser vivo. 

Así, los defensores de los anima­les nos preocupamos no sólo de las especies, sino también de los indi­viduos (y por lo tanto, de las espe­cies). Nos alarmamos de la muerte de millones de perdices, codornices y conejos, no porque sus respecti­vas especies puedan desaparecer un día, sino porque consideramos una atrocidad injustificable asesinarles por diversión. Nos preocupamos por la suerte de los perros, otros protagonistas tan a menudo olvida­dos, que pueden resultar heridos o perdidos en el curso de las cacerías. Si, como sospechamos, detrás del deterioro ecológico del planeta está la carencia de ese sentimiento soli­dario con las formas de vida, que entre otras cosas se manifiesta en el respeto y amor a los animales, los defensores de los derechos de los animales tenemos mucho que decir y, seguramente, nuevas visiones que aportar en la lucha contra la caza y la pesca deportiva. Con todo lo dicho vemos que el ser humano actual no está legitima­do para cazar y pescar por diver­sión. Sin embargo, sí se puede es­tar legitimado para que el hombre rural se cobre para comer, y nunca por diversión, unos animales. En todo caso, el hombre del medio ru­ral siempre se encuentra más cerca­no que el urbano a la concepción y al sentido primigenio de lo que es la caza.

ALTERNATIVAS

La caza y pesca deportivas, tal y como hoy las concebimos, necesi­tan de un planteamiento. Es pre­ciso una investigación e informar de lo que es y en lo que hemos conver­tido a la caza, para después promo­ver su público debate. No obstan­te, está lejos de los propósitos de las administraciones, muy interesadas en perpetuar la caza y pesca depor­tivas por lo que suponen económi­camente (al año, en España, mue­ven alrededor de 250.000 millones de pesetas), tal y como demuestran los intentos de ordenarlas racional­mente mediante los planes de caza y pesca. Evidentemente, la caza y la pesca son recursos naturales, como también lo son la madera y el agua y, como tales, podemos beneficiar­nos de ellos.

Aceptando el supuesto de la ne­cesidad de cumplir con ese primiti­vo instinto de cazar, hay formas de satisfacerlo que no comportan su­frimiento animal. Disponemos de muchas maneras de disfrutar del aire libre, y de paso efectuar ejercicio físico. Pero hay algunas que ade­más comparten con la caza el pro­ceso de acechar y perseguir y, final­mente, obtener una pieza. Como ejemplos proponemos dos: la observación de las aves y la fotografía con la Naturaleza. Salir a nuestros campos pertrechados con unos prismáticos y una guía de campo puede ser una actividad excitante. Están los paseos por el bosque, el esconderse o acercarse sigilosamente, retener en nuestra memoria el canto, capturar la forma y el colorido característico del ave, sus costumbres, nombre...Y en cuanto a la caza fotográfica, el que se dedica a ella bien si lo difícil que es obtener una foto de un pequeño insecto. O intente usted capturar una espléndida imagen de un ciervo. A buen seguro necesitará de más paciencia y dotes personales para abatirlo de un disparo.

 

Ong ADDA  Enero/Marzo 1992


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